Foto: Cortesía
Con la despedida de las últimas nieves, el turismo en Chequia experimenta una metamorfosis absoluta. El país florece literalmente, abriendo paso a una temporada donde la naturaleza reclama su protagonismo en parques y jardines que son, en sí mismos, monumentos nacionales. Si bien la primavera marca el inicio de este despertar con los primeros brotes, es durante junio y julio cuando estos espacios alcanzan su estructura más impresionante y una saturación de color que define la plenitud del verano europeo.
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Para quienes buscan una experiencia estética y sensorial, esta ruta floral por tres destinos imprescindibles permite ser testigo de esa transición perfecta entre el renacer primaveral y el esplendor estival.
En la región de Moravia, el Jardín de las Flores de Kroměříž representa uno de los ejemplos más puros del barroco temprano en el continente. Tras el letargo invernal, sus laberintos de setos perfectamente podados y sus parterres geométricos comienzan a vestirse de gala. Aunque los tulipanes y violetas anuncian la llegada del buen tiempo, es al entrar el verano cuando la Rotonda central y la columnata de 244 metros se ven rodeadas por la máxima densidad cromática de sus plantaciones, creando un contraste arquitectónico que justifica su lugar en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
A las afueras de Praga, el Parque de Průhonice ofrece un espectáculo botánico sin igual. Este jardín es mundialmente famoso por su colección de rododendros, que cuenta con miles de ejemplares. La explosión de flores a finales de primavera es solo el preludio; a medida que avanza el calendario hacia junio, el parque se convierte en un refugio de frescor y verdor profundo. La estructura del jardín, diseñada para aprovechar las vistas del castillo neogótico y los meandros del arroyo Botič, alcanza su mayor equilibrio visual durante el solsticio, cuando la diversidad de especies arbóreas y acuáticas muestra su mayor vigor.
Conocido como el «Jardín de Europa», este complejo es una de las composiciones paisajísticas más extensas del mundo. Durante julio, los intrincados diseños geométricos de begonias, petunias y salvias tapizan los jardines franceses con rojos y violetas vibrantes, mientras que el aroma de las rosas en pleno apogeo envuelve los senderos. Caminar por sus senderos o navegar por sus canales durante julio permite apreciar cómo la mano del hombre y la fuerza de la naturaleza han creado un ecosistema donde los templos clásicos y los minaretes emergen entre una vegetación que parece no tener fin.
La conexión entre la cultura y la naturaleza en Chequia no se limita a la contemplación; se celebra intensamente a través de festivales que transforman la estructura de los jardines en escenarios vivos con fechas clave para la temporada 2026.
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