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Cada 6 de enero, nos reunimos en torno a la mesa para compartir una taza de chocolate y partir la tradicional Rosca de Reyes, además de practicar nuestra mirada de “¿a mííííííí?”, cuando nos encontramos con la señal inequívoca de un Niño entre las frutas escarchadas y el pan, lo que nos indica que somos los afortunados para llevar los tamales el Día de la Candelaria.
Como la rosca misma, esta tradición conjunta diversos ingredientes: el símbolo de la travesía que recorrieron José y María para esconder a Jesús del Rey Herodes hasta la Epifanía -pasaje bíblico que relata cómo los Reyes Magos adoraron al niño Dios y le ofrecieron los regalos de oro, incienso y mirra; así como la celebración del dios Saturno y el nacimiento de la luz con la llegada del solsticio de invierno.
Esta fiesta es probable que tenga sus raíces desde el Imperio Romano, cuando se preparaban panes redondos con higos, dátiles y miel -similares a las roscas que comemos- sólo que en aquellos días, se escondía en el pan un haba, quien la encontrara, era proclamado el rey de las fiestas por un día.
Los historiadores coinciden que esta fiesta fue adoptada por la iglesia católica, aunque fue el Rey de España, Felipe V, quien la importó a países como Francia. En México, la partida de rosca se popularizó durante la colonia, fusionándose -como la mayoría de nuestras tradiciones- con las festividades del mundo prehispánico.
Así, los españoles hicieron coincidir la celebración indígena al dios Tláloc y el inicio de la temporada agrícola con la de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, creando la tradición de que, al partir la rosca, quien se encontrara con la efigie de un niño escondido entre el pan, se convierte en padrino del niño Jesús, y deberá preparar los tamales para la fiesta de la Candelaria.
Si bien la receta ha variado a lo largo de los años, se mantienen algunos ingredientes como la ralladura y extracto de naranja, el agua de azahar; las frutas como higo, membrillo, ate, así como una pasta azucarada.
El significado también se ha enriquecido, pues se considera que la forma ovalada de la Rosca representa el infinito amor que se profesa a Dios, mientras que los pedazos de fruta seca, escarchada o confitada hacen alusión a las joyas incrustadas en las coronas de los Reyes Magos, así como los
regalos que llevaron a Belén.
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